Una hoja de ruta para nuestra vida en Cristo las bienaventuranzas parte I | Diocese of Lansing

Una hoja de ruta para nuestra vida en Cristo las bienaventuranzas parte I

Las Bienaventuranzas

Ahora nos adentramos en el "Tercer Pilar" del Catecismo, aprenderemos que la nueva dignidad que descubrimos en Cristo nos llama a una nueva vida "digna del Evangelio de Cristo".

Esta nueva vida es la vida de comunión con Dios, o bienaventuranza. Porque este es el fin para el cual fue creada la humanidad, este pilar del Catecismo explora tanto la beatitud como la manera de alcanzarla.

Las Bienaventuranzas, parte I

"Las bienaventuranzas están en el corazón de la predicación de Jesús. Ellas expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su pasión y resurrección; ellas iluminan las acciones y actitudes que caracterizan la vida cristiana; son las promesas paradójicas que mantienen la esperanza en medio de las tribulaciones; proclaman las bendiciones y recompensas ya aseguradas, sin embargo difusamente, para los discípulos de Cristo".

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

En el jardín del Edén, sabemos que nuestros primeros padres sucumbieron a la sugerencia de la serpiente que decía que de alguna manera había una carencia en su relación con Dios y que había algo que podían hacer al respecto. En lugar de ser de la misma mente, amor y corazón con Dios, nuestros primeros padres decidieron tomar el asunto en sus propias manos para "llenar en ellos" la carencia que tenían.

Para restaurar la relación correcta con Dios, Jesús, que es amor, nos mostró a través del testimonio de su vida la actitud correcta que debemos adoptar. En resumen, debemos ser como Jesús, "quien siendo de naturaleza divina, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando la forma de un esclavo, haciéndose semejante a los hombres, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz." (Flp 2:6-8)

Para volver a entrar en comunión con Dios entonces, también, debemos abandonar un ego desordenado y la autosuficiencia y asumir la actitud de Cristo. Alguien rico en el espíritu con un ego desordenado se verá cegado para siempre de la única verdad de la que realmente carece: el amor. En cambio, él o ella tratara de alcanzar constantemente aquello que está fuera de su alcance, tratará de rehacer el mundo a su imagen y exigirá que todos se ajusten a su manera de ver el mundo. El reto para nosotros hoy en día sigue siendo vaciarnos de la soberbia, de un falso sentido de nuestra propia divinidad.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Las palabras pueden manipularse. Las palabras pueden ser de doble sentido o tener múltiples significados. Las palabras también pueden ser una fuente de gran orgullo. Nuestra sociedad valora y elogia a aquellos a quienes no les falta la palabra correcta en el momento indicado. Somos motivados por talentosos escritores e inspirados por nuestros grandes oradores.

Por el contrario, toda lágrima y llanto genuino son el reconocimiento de los límites; de que ya no estamos en control. Las lágrimas salen cuando las palabras nos fallan. Las lágrimas son puras porque provienen de las profundidades del ser de una persona para expresar una necesidad y el deseo que no se puede expresar en palabras. Las lágrimas que se originan en un muy sentido dolor, ante la pérdida o la aflicción no dejan ninguna duda en el oyente en cuanto a la existencia del dolor o la necesidad. De esta manera, las lágrimas verdaderas no ocultan nada; no tienen ninguna agenda oculta.

También llorando se afirma nuestra dependencia de algo o alguien diferente a nosotros mismos — un mensaje que muchos de nosotros preferiría no escuchar. Como un bebé, debemos confiar en que Dios escuchará nuestro clamor y va a entender su significado. Debemos confiar en que Dios penetrará a través de las lágrimas en la necesidad subyacente, es decir, la reconciliación o la eliminación de todo lo que nos separa de Dios, seamos conscientes de ello o no.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

La palabra manso connota paciencia, suavidad, ternura, bondad y resistencia hacia la ira y el resentimiento. La humildad es una consecuencia natural de la pobreza de espíritu y un ingrediente esencial para la pobreza de espíritu. Sólo quien se ha vaciado del falso ego puede ejercer paciencia y amabilidad porque éstos exigen que una persona no interponga su propio ego y sus demandas como lo primero.

La mansedumbre, en pocas palabras, es un fruto del Espíritu y, por tanto, sólo florece en la medida en que participamos en la vida del Espíritu. Ser humilde es ser como Cristo, lo que sólo es posible cuando la mente de Cristo habita en nosotros.

-citas del Catecismo (1691-1729) a menos que se indique lo contrario.


Cardenal Franz König

Franz König (1905 – 2004) sirvió como arzobispo de Viena desde 1956 a 1985 y fue hecho Cardenal en 1958. Era el último cardenal sobreviviente nombrado por el Papa Juan XXIII y era el segundo más anciano y el que había servido por más años en todo el mundo en el momento de su muerte.

Sobre la lucha contra la decadencia de las iglesias cristianas:

"Las iglesias cristianas, cada iglesia, pero especialmente la iglesia católica, en cuyo nombre hablo, no puede tener  a su imagen pública como su primer y más importante preocupación. Su principal preocupación debe ser siempre transmitir el mensaje del Evangelio con su punto de vista adaptable en parte y en parte inalterable. Y así me enfrento a la pregunta: ¿cómo cumplir con mi tarea de transmitir mi mensaje en el mundo de hoy? No es tarea fácil y requiere — mucho más de lo que solía — honesta cooperación entre obispos, sacerdotes y laicos. Aquí, también, fue el Concilio Vaticano II quien señaló reiteradamente  la necesidad de tal cooperación. Como Lumen Gentium 33 dice, 'ahora, los laicos están llamados en forma especial para hacer la iglesia actual y fructífera en esos lugares y circunstancias donde sólo a través de ellos puede convertirse en la sal de la tierra.'

"Esto significa que no es suficiente hablar de la palabra de Dios y comentarla. Sobre todo debemos dar testimonio de ella por la forma en que vivimos. Las iglesias, los fieles en las iglesias, deben ser creíbles intérpretes, testigos del amor de Dios para la humanidad. Ese es el secreto de una Madre Teresa o un Padre Maximiliano Kolbe, quienes cambiaron el mundo alrededor de ellos. Por lo tanto el cristianismo y sus iglesias no tienen que inventar algo nuevo. Debemos simplemente ir y proclamar el mismo evangelio, no tanto con palabras sino siendo testigos amorosos de la forma en que vivimos."– de “The pull of God in a godless age,” The Tablet, 9/18/1999

Concurso de catecismo

P: ¿Cuál de los siguientes no es una fuente de la moralidad de un acto humano?

a. la conciencia del actor

b. el objeto seleccionado

c. el fin o la intención

d. las circunstancias de la acción

R: (a) la conciencia del actor. El objeto, la intención y las circunstancias forman las fuentes, o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos. -CIC 1750


Historia por Doug Culp

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