Meditar sobre la Pasión de Cristo | Diocese of Lansing

Meditar sobre la Pasión de Cristo

San Pablo de la Cruz 
20 de octubre

Nuestra cultura está llena de "buscadores espirituales" hambrientos por un encuentro con el Dios verdadero. Estos parecen estar convencidos de que de alguna manera van a conocer a Dios cuando lo vean. Por supuesto, esto implica que ya tienen una imagen de Dios en su mente y están en busca de la realidad correspondiente. Ellos son a menudo buscadores perpetuos porque nunca pueden encontrar al Dios que imaginan.

San Pablo de la Cruz (1694-1775) tiene un consejo para estos buscadores, y para todos los que dicen ser cristianos: meditar en la Pasión de Cristo. San Pablo creía que Dios es más fácilmente descubierto por nosotros en la Pasión, pues la Pasión sigue siendo el signo más contundente del amor de Dios por nosotros y, al mismo tiempo, la puerta misma a la unión con la Trinidad. Él escribió, "En ésta, la más sagrada de todas las escuelas [la meditación sobre la Pasión], la verdadera sabiduría es aprendida, pues es en la meditación sobre la Pasión que todos los santos se convirtieron en sabios".

San Pablo nació en Génova, Italia. A los 26 años, tuvo una serie de experiencias en la oración que cambiaron para siempre la trayectoria de su vida. En una visión, se vio a sí mismo en un hábito largo, negro que llevaba un corazón coronado con una cruz blanca. Las palabras "la Pasión de Jesucristo" aparecían en el corazón. Luego, oyó estas palabras dirigidas a él, "Esto es para mostrarte cuan puro ha de ser el corazón de quien lleva el nombre santo de Jesús grabado en él".

Estas experiencias le llevaron a formar una comunidad dedicada a promover el amor de Dios revelado en la Pasión. La nueva comunidad se llamó la Congregación de la Pasión de Jesucristo, o de los Pasionistas, y adoptaron el hábito de la visión de San Pablo.

Los primeros pasionistas practicaban una austeridad extenuante, que desalentó la membresía. Esto no le incomodó a San Pablo, ya que, el objetivo principal de la comunidad era formar "un hombre totalmente centrado en Dios, totalmente apostólico, un hombre de oración, alejado del mundo, de las cosas, de modo que pueda en verdad ser llamado un discípulo de Jesucristo”. Sólo de esta manera podría San Pablo legítimamente reclamar como fruto de su meditación sobre la Pasión de Cristo el ser "Pablo de la Cruz en quien Jesús fue crucificado".

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