Desde el escritorio del párroco Septiembre 30, 2012 | Diocese of Lansing

Desde el escritorio del párroco Septiembre 30, 2012

Constantemente en México, Colombia, el Medio Oriente y en todo el mundo vemos atrocidades, actos de violencia y victimizaciones innecesarias. En las familias, en las ciudades y en los países nos embarga el estado de confusión existencial y desilusión en la humanidad. Para los no creyentes esto resulta en posturas de indiferencia, angustia, depresión, fatalismo e impotencia.

¿A qué se debe tanta violencia? ¿Por qué tanto odio y agresividad? Creo que cuando un ser humano ataca inmisericordiosamente a otro, al corazón de otro, se debe a que fallamos en ver a un Cristo en los demás. Cuando bloqueamos el rostro de Dios en su creación, negamos la belleza y cancelamos el tesoro de lo irreemplazable en el prójimo. Cuando esto sucede no damos vida sino que la quitamos.

Cuando el rostro de Dios se cubre con el velo de la ignorancia, egoísmo o soberbia por decir, usualmente es otro rostro quien lo sustituye: el rostro de la maldad, del vacío y de la ausencia de todo amor, de toda compasión. En medio de este vacío, ausencia y  falta de amor, solo nuestra fe e identidad como cristianos nos puede salvar. Comenzando con nuestras vidas, en lo cotidiano de nuestra existencia tenemos que ver la luz. Ver la luz implica dejar a tras nuestras propias miserias personales, dudas, miedos, agendas egoisticas y simplemente hacer lo correcto, ejercitando una sola agenda, la de Dios.

Hay quien pase años absortos en sí mismos, en su dolor, en su angustia, a la defensiva, sin tener paz ni darla a los demás. Es necesario el ver la luz de Cristo y hacerla nuestra luz. Es comenzar la tarea de crear la paz en nuestras vidas y de ahí en nuestros hogares. Es traer orden, ya que el orden es de Dios, y con fuerza, claridad y celo por las cosas de nuestro Padre Dios sostener la consigna de que no habrá paz en el mundo si no comienzo conmigo mismo. Nadie da lo que no tiene. Si no tengo paz no puedo darla ni esperarla.

Los bautizados están llamados a ser luz y darla aquí en la tierra y a vivirla en su plenitud en la vida eterna. Con la ayuda del Espíritu Santo comencemos por poner en orden nuestra existencia aquí en nuestra realidad inmediata para encontrar esa paz primeramente en nosotros y luego darla a los demás.   

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