Desde el escritorio del párroco Octubre 28, 2012 | Diocese of Lansing

Desde el escritorio del párroco Octubre 28, 2012

No sabemos cuántos años el ciego Bartimeo de los evangelios estuvo en las tinieblas. No sabemos si había nacido ciego o su ceguera se debió a una enfermedad o accidente. Sólo sabemos por las escrituras que deseaba ser sanado. Deseaba ver. Sentado al borde del camino muchos transeúntes pasaban por su lado y uno que otro le presentaba una limosna. Pero ninguno la luz de sus ojos. Sentado en el camino escuchaba voces: conversaciones banales, personas hablando de negocios, recriminaciones, chismes y demás. Pero ninguna voz le apeteció. Hasta que escuchó al voz de Jesús.

Desde el tumulto discernió la voz del maestro. Al oír su voz con urgencia, con fuerza y profunda convicción Bartimeo se dirigió a Jesús. Aunque otros querían callarlo, él no desistió. Pidiendo lo que necesitaba, compasión, deja a un lado su manto. El encuentro con Cristo le provoca su reafirmación en Dios. El expresa su fe con este gesto tan ¨sencillo¨ como el de  abandonarlo todo, siendo el resultado de este encuentro la sanación. ¡Pudo ver!

El mundo vive en oscuridad, bajo la ilusión de que se puede hacer lo que se quiere sin consecuencias visibles. ¿Qué necesitamos para ver? Tenemos que ver donde estamos parados y en que dirección va nuestra vida. Hay que discernir cuales son las ¨voces¨ que escuchamos y cuales de esas voces nos llevan al vacío, a la muerte y a la destrucción personal y la de los que nos rodean. A la misma vez hay que descubrir las voces o influencias que nos provean vida, dignidad y que reflejen la voluntad de de Dios. Es Dios, lo eterno, inmutable, omnipotente y omnipresente la respuesta a nuestras inquietudes, necesidades y a nuestra necesidad de amar. Pero no basta con escuchar su voz y saber quien es El. Hay que dar una respuesta a ese llamado. Pera ello tenemos que dejar a un lado el manto de nuestras limitaciones. Puede ser nuestra soberbia, el no poder perdonar, un resentimiento del pasado, nuestra historia personal que perpetúa nuestra condición de víctima, nuestra ignorancia o nuestro temor. Hay que echar  a un lado todo lo que nos limite o nos corte las alas para  amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Nuestra consigna debe ser una fe clara, trasparente, sencilla e inquebrantable. Solamente con este tipo de fe, incondicional, libre y generosa podremos ver y seguir a
por el camino a Jesús.

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