Desde el escritorio del párroco Enero 8, 2012 | Diocese of Lansing

Desde el escritorio del párroco Enero 8, 2012

En las aguas del rio Jordán los pecadores se a cercaban a san Juan bautista para ser bautizados. Se movían de la oscuridad de una vida de pecado, de una existencia rota y de vacía indiferencia a los mandamientos de Dios hacia la luminosidad de los hijos de Dios en las aguas bautismales. Encontraron de esa manera la razón de su existencia mortal y eterna. Dios les llamo del pecado a una vida digna, donde el resultado de su acto de fe es el convertirse en un Pueblo de Reyes, e una asamblea santa y en un pueblo sacerdotal.

Somos un Pueblo de Reyes en la medida en que entendemos que nuestro Padre Dios es un Rey. Nuestro Dios y soberano nos da por herencia la dignidad del ser humano creado por El mismo. Al ser hijos de un Rey, recibimos un título de nobleza espiritual: Príncipes de la casa real de un Dios Todopoderoso. Somos una Asamblea Santa porque estamos llamados a ser santos. Toda oración, todo acto de misericordia o caridad, todo sacrificio y momento litúrgico o espiritual nos llama a ahondar en nuestra relación con nuestro Creador. El querer ser santos es nuestro movimiento hacia lo Divino, hacia Dios. Es querer regresar al nuestro origen. Somos un pueblo sacerdotal porque en el  bautismo recibimos el sacerdocio ordinario. Todo bautizado adquiere el sacerdocio común. Somos un pueblo de rituales y agentes litúrgicos. Como tal estamos llamados a participar activamente de la vida de la Iglesia. A través del sacerdocio común compartimos y participamos en los misterios de nuestra fe, haciendo declaraciones públicas en nuestro culto divino de lo que somos; un solo pueblo para Dios presidido por el sacerdocio ministerial, nuestros padrecitos.

Todo esto se resume en la vocación, donde respondiendo al llamado del Señor, manifestamos nuestra fe con un estilo de vida concreto, tangible y autentico. No basta con tener los títulos anteriormente mencionados… ¡Hay que vivirlo! La voz del Todopoderoso nos llama desde nuestra realidad individual para recibir la luz del mundo y a Cristo en nuestros corazones. Oremos  por las gracias necesarias para vivir nuestras promesas bautismales como hijos e hijas de lo Divino.

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