¿Qué sentido le podemos dar a la Justicia de Dios en el Antiguo Testamento? | Diocese of Lansing

¿Qué sentido le podemos dar a la Justicia de Dios en el Antiguo Testamento?

En el Antiguo Testamento, las personas parecen experimentar la justicia de Dios más que la misericordia de Dios. Por ejemplo, Dios destruye a todos los egipcios y, sin embargo Dios perdona a Isaac, el hijo de Abraham, pero no la hija de Jefté. ¿Qué tan precisa es la visión que se tenía de Dios y cómo podemos encontrar sentido en esto?

En primer lugar, es importante tener en cuenta que se trata de literatura narrativa. Esto significa que los textos están contando una historia basada en hechos históricos, pero con un propósito teológico.  

Con esto en mente, también tenemos que entender cuál es la visión hebrea acerca de la humanidad cuando se ponen en consideración conceptos tales como la aplicación de la justicia. Para los hebreos, la identidad tenía su origen y residía en el grupo. La identidad era comunal en su naturaleza. Por lo tanto, lo que está bien repercute en todo el grupo, al igual que lo que está mal afecta a todo el grupo. A partir de esta forma de entender la justicia, podemos encontrar sentido cuando en el Antiguo Testamento se dice: “Los pecados de los padres recaen sobre sus hijos” (Éxodo 20:5) y se puede empezar a ver por qué la justicia de Dios parece impartirse de forma indiscriminada.

Por el contrario, hoy en día pensamos en términos más individualistas. Vemos el castigo como algo merecido por el individuo y limitado al individuo. Históricamente hablando, ésta visión es relativamente nueva para la humanidad, y a veces contribuye a que atribuyamos a Dios una gran dureza en el Antiguo Testamento.

Curiosamente, en el Nuevo Testamento, la Iglesia es tratada como una comunidad, y no como cristianos o discípulos individuales. Además, en el pensamiento católico, se habla del tesoro de los méritos de los santos del cual nos beneficiamos aquí y ahora todos. En otras palabras, la comprensión hebrea de que lo bueno es bueno para todos y que el pecado afecta a todos se mantiene presente en el cristianismo, aunque a menudo hoy en día esto se silencia en el catolicismo de los Estados Unidos. Por ejemplo, la celebración de la Misa y la recepción de la Sagrada Comunión no son simplemente un acto de personas que encuentran a Cristo, sino el encuentro de una comunión de personas, la Iglesia, con el Señor.

Otra consideración a destacar es la comprensión hebrea de la justicia. En el Antiguo Testamento, la justicia se refiere al “derecho-relación”, mientras que en inglés, e incluso en latín, la justicia tiene una connotación jurídica. Para los hebreos, el mundo fue creado en este estado “justo”. Cuando las cosas salieron mal (en este caso el pecado se entiende como un desorden en el universo), hubo consecuencias y la “justicia-relación” se vio interrumpida. Vemos esto con Adán y Eva. Con el desorden del pecado entrando en el mundo, todo “fue afectado” y nos perdimos a nosotros mismos en el proceso.

Pero llegamos a la cruz de Cristo, que reestablece el bien, restablece la justicia en las cosas nuevamente, y ofrece el juicio de Dios sobre la humanidad, es decir, la misericordia y el perdón. Así que, en realidad, no hay distinción entre la justicia de Dios y la misericordia de Dios. Justicia, o la relación de justicia entre Dios y la humanidad, que es la condición necesaria para la vida, es una relación de misericordia, donde el espíritu de la justicia y su adecuado uso está orientado a que tengamos vida y la tengamos de forma más plena. - Padre Schoenstene

La idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios severo, repartiendo fríamente la justicia a las personas según merecen sus acciones es incorrecta y sólo es sostenible cuando se usan versículos o textos individuales interpretándolos fuera de su contexto. Podemos decir que la Biblia relata la lenta senda de la comprensión humana hacia el verdadero conocimiento de Dios, conocimiento que finalmente se revela claramente en la encarnación del Hijo de Dios. A lo largo de las primeras etapas de este camino, nos encontramos con personas que actúan en base a una visión incompleta de quién es Dios y lo que Dios pide. Un ejemplo de esto serían los textos en los que Dios es percibido como quien manda a Israel a matar a otros pueblos, cuando, de hecho, en esa época, tales matanzas eran la única forma de justicia que la gente podía concebir. Tomó más de 1.000 años de reflexión sobre lo que Dios les estaba enseñando a través de sus experiencias para que la gente comprendiera que, para Dios, no matar a otro ser humano es lo aceptable. Este largo camino finalmente los llevó al punto en el que por lo menos podían comprender intelectualmente la enseñanza de Jesús cuando dijo “amen a sus enemigos; hagan el bien a los que les aborrecen”. (Lucas 6:27)

Cuando el llamado “sacrificio de Isaac” se lee en su contexto, se observa que el autor no está escribiendo acerca de la misericordia divina en relación con Isaac, sino más bien acerca de la fe de Abraham. Génesis 22:1 dice claramente que: “Dios probó a Abraham”. Lo horrífico de esa orden revela lo que conlleva tener fe en Dios.

El contexto de la historia de la hija de Jefté es el Libro de los Jueces, un libro escrito 600 años después que los acontecimientos descritos en él tuvieron lugar y cuya finalidad es trazar la espiral descendente de la relación divino-humana que surge como resultado del actuación del pueblo de Dios conforme a “todo lo que a sus propios ojos les parecía correcto”. (Jueces 21:25) el relato de Jefté se produce a lo largo de la espiral descendente. En este contexto, vemos que Dios no pidió un sacrificio de Jefté. Esta fue una ocurrencia de Jefté. La historia demuestra lo equivocados que podemos estar cuando nos olvidamos de Dios y seguimos las tradiciones puramente humanas. - Profesor Nagel


Vaticano II

P: ¿Acaso el Vaticano II representa un cambio en la forma en que la Iglesia comprende a María?

R: El Concilio Vaticano II ha dedicado un capítulo entero en su Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) a María. Desde el principio, la intención del Concilio no era ofrecer una doctrina completa acerca de María – más bien, quería reafirmar el amor especial de la Iglesia hacia María y la conexión que ella tiene con la obra de Cristo. En particular, el “cambio”, que buscaba el Concilio era unir las dos muy diferentes interpretaciones de la relación de María con Cristo y su relación con la Iglesia.

Al atender este asunto, el Concilio afirma que María es con derecho “reconocida y honrada como verdadera Madre de Dios y del Redentor”. Al mismo tiempo, también afirma que ella en virtud de su humanidad está “unida a todos los que han de ser salvados”. En consecuencia, “ella es claramente la madre de los miembros de Cristo... ya que ella colaboró con su amor haciendo posible el nacimiento de los creyentes en la Iglesia, que son miembros de su cabeza que es Cristo”.

De esta manera, el Concilio básicamente identifica a María como la Madre de Dios y la Madre de la Iglesia. El Papa Pablo VI conferiría formalmente el título de María como Madre de la Iglesia durante la clausura del concilio.

P: ¿Y por qué el concilio llama al establecimiento de un culto a María? ¿No era esto un cambio?

R: Es cierto que el Concilio expresó su aprobación y aliento para que se honre a María debidamente con un “culto especial en la Iglesia”. No obstante, esto no supone un cambio. El culto a María siempre ha existido en la Iglesia, pero este culto es diferente de “el culto de adoración, que se ofrece por igual a la Palabra Encarnada y al Padre y al Espíritu Santo”.

El Concilio volvió a insistir en que las formas de piedad hacia la Madre de Dios aprobadas por la Iglesia no le quitan o agregan nada a la centralidad y la singularidad de Jesucristo. En cambio, ambas honran a María y garantizan que el Hijo de Dios sea “conocido correctamente, amado y glorificado”. Por esta razón, el Concilio alentó a “todos los hijos (e hijas) de la Iglesia” a que fomenten generosamente las prácticas recomendadas por la Iglesia y los ejercicios de devoción hacia María.


Pregunta sobre el Catecismo

P: La oración en la Iglesia es una tradición viva que incluye palabras, melodías, gestos y la iconografía que reflejan contextos históricos, sociales y culturales. La oración puede ser comunitaria o personal, vocal o interior, sin embargo, todas estas formas comparten el único camino de la oración cristiana. ¿Cuál es este único camino?

R: Jesucristo. “No hay otro camino de oración cristiana fuera de Cristo... tenemos acceso al Padre sólo si oramos ‘en el nombre’ de Jesús. La sagrada humanidad de Jesús es, pues, el camino por el cual el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre”. (CIC 2664)


Profesores del Seminario hablan sobre las Escrituras

Padre Robert Schoenstene, SSL, es profesor adjunto del Departamento de Exégesis Bíblica y Proclamación de la Universidad Saint Mary of the Lake/Mundelein Seminary.

Elizabeth Nagel, S.S.D., es profesora en el Departamento de Exégesis Bíblica y Proclamación de la Universidad  Saint Mary of the Lake/Mundelein Seminary.

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